La sordera del éxito
Muchas veces pienso que debe ser difícil, cuando se llega a lo más alto, mirar abajo y recordar de dónde venías. Debe dar vértigo. ¿Ahí abajo estaba yo pensarías?. Casi ni recordarías como te sentías al comenzar y mirar hacia arriba dónde estás ahora. Bueno, seamos sinceros. Ni siquiera imaginabas que fueras a llegar tan arriba.
Te despegas de la ventana de tu despacho en el piso superior del edificio más alto de la ciudad. Superior. Más. Esos adjetivos te han traído hasta tu sillón de cuero. A tu escritorio de piel en el que descansa tu pluma de oro blanco. Cruzas tus brazos mientras notas el roce de tu chaqueta Armani. Suena el teléfono y una de las mil lucecitas se enciende. Ahora no, piensas. Y dejas que el sonoro silencio te envuelva de nuevo. Te levantas. Y vuelves a aproximarte a la ventana desde la que te sientes un conquistador. Aún recuerdas tu sonrisa y el nudo en tu estómago cuando tu vista captó la prueba de tu éxito. La ciudad dormía a tus pies. El mundo se postraba ante ti.
Y sigues viendo en la prensa como tus números engordan. Como tus competidores menguan. Como te llegan los premios y las palmaditas en la espalda. Los flashes que iluminan tu camino en los eventos y la repercusión de tus palabras en todos los medios. Tu nombre en la lista de hombres más ricos del mundo de la revista Forbes.
Sumido en tus pensamientos te apoyas en la ventana y, de pronto, el cristal desaparece. Y caes durante decenas de pisos mientras gritas muerto de miedo…
Despiertas sudoroso y con las manos temblando. Respiras. Llevas teniendo ese sueño durante más de una década. Y no te cabe duda de que te ha salvado de una muerte comercial segura. Más tarde o más temprano alejarte del mundo y de tus clientes te mata. Alejarte de aquello que te hizo percartarte de que había una necesidad o se podía crear. Separarte de las voces que te gritan una y mil veces cuando lo haces mal para no tener que rectificar o admitir que estuviste equivocado. Olvidar de dónde vienes y a dónde querías llegar. Has visto mil veces como otros que llegaron no fueron capaces de mantenerse. Como pensaron que con hacerse más grandes, con engordar a base de compras de otros que aún sabían lo que la gente quería era suficiente, a pesar de que, tras la digestión, no quedaba de ellos más que los residuos.
Ese sueño te hizo renunciar a las apariencias. Te liberó del poder mediático y económico y te hizo agradablemente esclavo de la voz de tus clientes. No permitiste que ni siquiera el sentido figurado te alejara de la percepción del medio. Construiste tus oficinas en una nave de dos pisos y pusiste puertas de acceso a cada paso. No querías barreras. Pediste que la nave tuviera las ventanas abiertas todos los días. Querías seguir empapándote de aquello que sucedía fuera. De los aplausos y los silbidos. De los piropos y los gritos. De los aciertos y los errores. De los problemas que te brindaban oportunidades. Pediste salir de los medios y le diste todo el éxito a tus socios y personal. Tú amabas ese trabajo. Querías llegar alto pero no sólo. Siempre acompañado. Ansiabas dar como condición anterior a recibir. Y estabas convencido de que sólo renunciando a ser distinto conseguirías ser igual.
Mientras vuelves a cubrirte con las sábanas te acercas el reloj de pulsera al oido y sonries como siempre al escuchar su tic-tac. El éxito aún no te ha dejado sordo. Y eso es más de lo que muchos pueden decir…
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